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Care Takers

LOS CUIDADORES

Care Takers
Por

GABRIEL THOMPSON

fotografías por Alan P. Pittman
Latinoos inmigrantes son una parte indispensable del golf en los Estados Unidos.

Observamos de cerca su vida de todos los días, incluso trabajando junto a ellos en forma encubierta, para producir este informe especial.

Palm Spring
El cielo sobre Palm Springs, California, está todavía oscuro cuando Francisco Mora sale de su casa al frío aire del desierto, vistiendo su ropa de trabajo gris y unas raídas Chuck Taylors.
Palm Spring
Francisco Mora, 50, pasó casi 20 años de su vida como trabajador en una cancha de golf.

Aunque Mora está acostumbrado a levantarse a horas infames — son las 4:30 de la mañana — se nota que necesita tomarse una larga siesta. “Ya soy viejo,” expresa con una sonrisa.

Adentro, su esposa y sus siete hijos están durmiendo; las otras casas del cul-de-sac están tranquilas. Bosteza y se frota los ojos. Hasta ahora, este hombre de 50 años ha transcurrido la mayor parte de las dos últimas décadas cortando el pasto de los greens y rastrillando los bunkers, en lo que parece una carrera sin fin contra los jugadores ansiosos por empezar a pegar pelotas con la primera luz del día. “Todavía soy fuerte,” agrega, “pero estoy empezando a ir más despacio.”

El viaje hasta el Mountain View Country Club es corto, justo al Norte del PGA West en la ciudad de La Quinta. Para cuando llega, el cielo se ha vuelto de un magnífico azul marino, como fondo de las palmeras que marcan la entrada del club. Dentro del “shop”, como él mismo llama al lugar para los empleados de mantenimiento, Mora se sienta entre una docena de compañeros y recibe su orden de trabajo de parte del atildado y bronceado superintendente. Esta mañana, como la mayoría de ellas, Mora cortará el césped de los greens. Cuando el grupo se dispersa, Mora se sube a un carro cargado con las herramientas de trabajo — rastrillo, pala, desmalezadora y azada — y se dirige a la cancha mientras pasa frente a las espaciosas casas de estilo “rancho”. “Hay una vista a la montaña,” dice señalando a la cadena de San Jacinto hacia el Oeste. Desde acá, puede resultar difícil recordar que la cancha se encuentra en el desierto:el pasto es verde oscuro, hay un grupo de patos flotando y la brisa fresca susurra entre los árboles.

Mora es uno de los tres trabajadores asignados a los greens: el primero corta el interior con un tractor, el segundo — Mora — recorta los bordes con una cortadora manual, y el tercero cambia los hoyos. Mora pone en marcha su podadora, uniéndose al coro de máquinas que rezumban por todo el campo. Con sus hombros encorvados y la cabeza inclinada levemente hacia la derecha, recorre tres veces el perímetro del green, regresando con una fina capa de Bermuda que echa en la parte posterior de su carro.

“Todavía no estoy transpirando,” se ríe.
Por el momento se trata de un hermoso día para estar fuera.
Dos horas más tarde el sol ha pasado de ser amigo a enemigo, pegando sobre el pasto y reflejándose desde el lago artificial.
Palm Spring

Mora está ahora en el hoyo 12, y los pocos golfistas que aparecieron para hacerle frente al calor habrán de esfumarse muy pronto. “En verano nadie sale después de las 11,” agrega con el rostro radiante debajo de una gorra marca Adidas. Nadie, por supuesto, excepto los trabajadores. Hoy está relativamente templado, con una máxima de 39 grados. Más adelante en la semana la temperatura llegará a 45°.

Después de terminar con los greens, Mora regresa al taller con los otros trabajadores para almorzar un sándwich de porotos refritos y varios vasos de agua bien grandes. Durante el breve receso, nuestra conversación gira en torno del arte. Cuando tenía 20 años — antes de decidirse a cruzar la frontera desde México, antes de conocer palabras como rough y fairway y bunker — Mora pasaba la mayor parte de su tiempo libre pintando. Se inclinaba por los paisajes y las naturalezas muertas; en una foto amarillenta, un joven Mora está de pie frente a su obra en una muestra en Guadalajara. Ya no tiene la energía ni el tiempo para esas cosas — además de su trabajo en el golf, por las noches trabaja en McDonald’s —, pero sueña con alguna vez volver a las telas. Dice que “en México no tienes tantas cosas, pero sí tienes más tiempo”. Se limpia la cara con una toalla mojada. “Vivir acá tiene sus costos.” Es lo más cerca que estaré de oírle una queja.

(IZQUIERDA) SOSTIENE UNA FOTO DE SÍ MISMO COMO ARTISTA JOVEN EN MEXICO. (DERECHA) Mora mira televisión mientras su esposa, María Isabel, hace la cena para la familia.

Por ahora, el campo de golf es su tela, y aunque Mora nunca ha jugado este juego — “Llevan muchos palos; eso es todo lo que se,” confiesa — habla con orgullo de las largas horas que pasa cada día podando, recortando, rastrillando y desmalezando. En la cocina de McDonald’s todo es “apúrate, apúrate, apúrate,” dice y agrega: “A veces hasta es difícil encontrar el momento para poder ir al baño.”

Pero en la cancha puede observar a los jugadores en acción en los greens que acaba de cortar a la perfección, verlos admirar y hasta a veces inclinarse para sentir el aroma de los coloridos canteros de flores que ha plantado.
Después de todo, ¿qué es un campo de golf, sino una enorme pintura de un paisaje que necesita ser retocada diariamente?
“Sin nosotros, nada se vería bien acá,” Mora afirma. “Sería como un hombre que viste un traje sin corbata.”

Latino
e estima que hay unos 180.000 trabajadores dedicados al mantenimiento de las canchas de golf en los Estados Unidos, que se levantan cada mañana al amanecer con un listado inacabable de tareas necesarias para mantener las canchas en buen estado. Es una operación de trabajo muy intensa — prácticamente US$ 6 de cada US$ 10 necesarios para mantener una cancha va para los trabajadores — y una cancha típica tiene aproximadamente 12 empleados. Entre la mano de obra hay mecánicos, irrigadores y aplicadores de pesticidas, pero el grueso de la tarea es llevado a cabo por operadores y jardineros. Los operadores son responsables por el corte de los fairways y del rough, y los jardineros como Mora podan los greens, rastrillan los bunkers, cambian los hoyos, y por lo general se aseguran de que todo — árboles, arbustos, flores, caminos — se vea impecable.
Latino

Sin embargo, y a pesar de ser una tarea tan crítica, los trabajos en estas dos categorías se pagan en promedio entre US$ 10 y US$ 11 la hora, o apenas un poco más de US$ 20.000.al año. La salud también es un desafío. Se desconoce qué porcentaje de trabajadores de mantenimiento carecen de seguro médico, pero solamente cerca de un cuarto de los trabajadores de bajo salario en los Estados Unidos cuenta con un seguro de salud costeado por sus empleadores. Los trabajadores en Mountain View reciben un paquete de seguro social, pero Mora no participa del mismo debido a las deducciones que tendría en su recibo de sueldo. No recuerda la última vez que fue al médico, y sus hijos han estado cubiertos por el plan de salud de su esposa (ella trabaja en Walmart.)

A un trabajador que mantiene a una familia con dos hijos, el salario no le permite superar el umbral de la pobreza.

Aunque no existen estadísticas sobre los trabajadores en las canchas de golf, podemos afirmar que una buena cantidad de las 15.619 canchas que hay en los Estados Unidos no podrían operar sin los inmigrantes latinos. En Palm Springs, un funcionario del sindicato que representa a los trabajadores en varias docenas de canchas estima que el 85% del personal de mantenimiento es latino, y habría un porcentaje similar en California. Pero ya no se trata solamente de California o del Sudoeste. Durante las últimas dos décadas, la población latina se ha dispersado por todo el país, creciendo especialmente rápido en el Sur.

En 2008, la Universidad de Cornell publicó el único estudio hasta la fecha sobre trabajadores latinos en el golf.

Los investigadores encuestaron a los superintendentes de golf de 23 estados — mayormente del Sur — que empleaban a por lo menos un latino en su equipo de trabajo, constatando que en temporada alta, prácticamente las tres cuartas partes de la mano de obra de mantenimiento estaba compuesta por latinos. Y cuando la Asociación Americana de Superintendentes de Canchas de Golf (GCSAA, por sus siglas en inglés) ofrece talleres relacionados con la inmigración para los superintendentes, la concurrencia proviene de todos los puntos cardinales. “Si les preguntas acerca de su mano de obra, la mayoría dice que está compuesta por inmigrantes,” dice Chava McKeel, el director asociado de relaciones gubernamentales para la GCSAA. “No pueden hallar mano de obra norteamericana que esté dispuesta a hacer estos trabajos.”

El Mountain View Country Club está administrado por Toll Golf, una división de Toll Brothers que opera clubes de campo en 11 estados. Según David Richey, presidente de Toll Golf, la recesión apenas causó que más norteamericanos solicitaran puestos de mantenimiento en la compañía.

‘Así que mucha gente estaba desocupada,’ afirma, ‘pero rápidamente nos dimos cuenta de que no durarían mucho tiempo en el trabajo. Muchos nos decían,“Este trabajo no es para mí, gracias.” Simplemente estaban tratando de encontrar algo que hacer hasta que pudieran volver a su antiguo puesto de trabajo.’
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Los sueldos también entraban en la ecuación. “Nos costaría una fortuna si contratáramos toda mano de obra norteamericana,” dice Lance Rogers, superintendente en el Colonia (New Jersey) Country Club. “La mano de obra de la mayoría de los clubes que conozco está compuesta por inmigrantes,”dice y agrega; “Los trabajadores norteamericanos quieren ganar por lo menos US$ 14.- la hora, pero como la cantidad de socios del club ha disminuido a la mitad desde la recesión, el club no puede afrontar el pago de esa tarifa.” Así que se las arregla con un equipo de trabajadores de El Salvador, donde la mayoría gana entre US$ 9 y US$ 10 la hora, lo que estima que le ahorra al club unos US$ 70.000.- al año. “Esos tipos son los mejores,” dice Rogers, haciéndose eco del sentimiento compartido por muchos superintendentes. “Al día siguiente del ataque del Huracán Irene, vinieron y trabajaron toda la noche sin hacer preguntas.”

Latino

Es probable que una gran cantidad de inmigrantes estén indocumentados. En el estudio realizado por Cornell, el 10% de los superintendentes reportó haber perdido trabajadores debido a las deportaciones ocurridas durante los tres años anteriores. Y McKeel dice que si todos los empleadores estuvieran obligados a usar el “E-Verify” — un programa federal voluntario diseñado para identificar inmigrantes no autorizados —, existe la posibilidad de perder una buena parte de la mano de obra existente, razón por la cual la GCSAA apoya un extenso programa de trabajador invitado. Este no es un tema que los superintendentes estén dispuestos a discutir, pero es bastante sorprendente. Muchos lugares de trabajo con sueldos bajos, desde las plantaciones de tomate en Florida hasta las cocinas de los restaurantes más finos de Nueva York, pasarían un mal momento para sobrevivir sin el aporte de los inmigrantes indocumentados. Los trabajadores del golf son parecidos a los lava-copas y a los peones del campo en que son fáciles de pasar por alto.

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“Nos levantamos temprano y tratamos de mantenernos fuera del paso,” dice Mora.“No sabemos nada de los jugadores, y ellos no saben nada de nosotros.”

2008 CORNELL STUDY

Este estudio, publicado en 2008, tuvo en cuenta las opiniones de 71 superintendentes de campos de golf de todo el país que emplean al menos un inmigrante latino en su equipo de mantenimiento. Los encuestados señalaron que en el pico de la temporada, un promedio del 72% de su fuerza laboral está compuesta por inmigrantes latinos. La encuesta también demostró que casi tres cuartas partes de los superintendentes estaban preocupados por una posible escasez de trabajadores en los próximos tres años, y que uno de cada 10 superintendentes había tenido un trabajador deportado en los últimos tres años.

CareTakers Mora, de veintitantos años, en un festival en Guadalajara.
Latinoe adolescente, Mora nunca se imaginó que se establecería en California, mucho menos que pasaría sus días en un campo de golf. Cuarto de nueve hermanos, Mora creció en un barrio miserable en las afueras de Guadalajara, una bulliciosa metrópolis en el estado de Jalisco.
‘Éramos tan pobres que mi hermano le decía a la gente que vivíamos en una linda casa al otro lado de la calle,’ confiesa.
A los 10 años, Mora abandonó la escuela para ayudar a su padre en la curtiembre de la esquina, trabajando ocho horas por día estirando cueros y poniéndolos a secar. Mora también trabajaba los fines de semana reparando suelas junto a su abuelo. De adolescente comenzó a practicar dos hobbies: la guitarra y el boxeo. “Nuestro barrio era conocido por sus boxeadores,” agrega. Y Mora — quien se levantaba temprano cada mañana para dar largas vueltas corriendo alrededor del vecindario — ganó varios torneos locales. Mientras tanto se hizo dos tatuajes, una tela de araña en la mano izquierda y un toro en el antebrazo izquierdo. Se los hizo él mismo, con una larga aguja de coser.

En 1988, poco después de que Mora se casara con María Isabel, su esposa, la pareja decidió probar suerte en los Estados Unidos. El suyo era el sueño común del inmigrante: pasar unos años en el Norte y volver a México con los bolsillos llenos de historias y de dinero en efectivo. “Le dije a mi padre que cuando regresara usaríamos el dinero para abrir un nuevo negocio,” rememora. “Iba a ser un viaje corto.” Una sonrisa irónica le cruza la cara. Eso fue hace más de 25 años.

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Viajaron hasta la ciudad fronteriza
de Mexicali y contrataron a un contrabandista,
a los que se conoce como coyote, que les cobró
US$ 300. — a cada uno para cruzarlos exitosamente
a través de la frontera.
Palm Spring Mora y su esposa, María Isabel, llevan 25 años de casados

Un guardia, al reconocerlo a Mora, le dijo que tratara de cruzar por otro lado. Siguieron su consejo y se dirigieron al Oeste hacia Tijuana. Después de ser capturados otras seis veces — “Estábamos decididos,” se ríe — encararon el camino colina abajo una noche estrellada y finalmente llegaron a California sanos y salvos. Durante una pequeña escala en Los Ángeles, gastaron US$ 40.— en “green cards” y números de seguro social falsos, y luego se reunieron con la hermana de María Isabel en Coachella.

El golf estaba en pleno auge en el Valle de Coachella. Larry Bohannan, un periodista que cubre el golf en Palm Springs, dice que se inauguraron más de 30 canchas durante los años ’80. Un crecimiento similar estaba ocurriendo en todo el país, frecuentemente estimulado por desarrollos inmobiliarios.

Desde 1980 hasta 2000, se construyeron unas 3.500 canchas nuevas; mientras tanto, una nueva mano de obra estaba cruzando la frontera del Sur. En 1980, la población de origen latino en los Estados Unidos no llegaba a 15 millones; para 2000 era de 35 millones y en aumento.
‘Mucha gente no tenía documentos reales’ dice Mora. ‘Era más relajado en esa época.’

Los recién llegados levantaban cosechas, limpiaban edificios, lavaban platos y construían casas. Como Mora, encontraron su camino en las canchas de golf. Poco después de llegar a Coachella se empleó como jardinero en el Vintage Club, un exclusivo desarrollo inmobiliario con dos canchas de 18 hoyos.

En Vintage, no le llevó mucho tiempo a Mora darse cuenta de la triste verdad: entre sus sueños de sueldos más altos, se había olvidado el factor de los costos más altos. Comenzó ganando US$ 6.— la hora — mucho más de lo que obtenía en su país —, pero los gastos se acumularon rápidamente. “Nunca podía mandarles demasiado dinero a mis padres,” confiesa. “El alquiler, la comida, las cuentas... ” Su voz se va apagando. Y también tenía una familia en aumento para mantener. María Isabel estaba embarazada de tres meses cuando cruzaron la frontera, y pronto tuvieron otros dos niños. Mientras tanto, el vinilo barato inundó el mercado mexicano, reduciendo abruptamente la demanda de cuero. El sueño de Francisco de volver a casa para abrir una nueva curtiembre junto a su padre se fue perdiendo.

Pero Francisco y María Isabel salieron adelante, como hacen las familias, y Mora encontró que Vintage y su grupo unido de la gente de mantenimiento era un buen lugar. Había una cancha de vóley junto al taller, y en los meses más frescos el personal solía jugar durante los recesos, preparándose para un torneo anual contra equipos de otros clubes. Mora encaró el trabajo con pasión y descubrió que era bueno para él. Pronto comenzó a recibir aumentos de sueldo y a llevarse a casa la placa de empleado del mes. Que fuera un inmigrante indocumentado no era algo especialmente importante. Se le pagaba como a cualquier otro empleado, con un cheque de la compañía y las retenciones correspondientes. “Mucha gente no tenía documentos reales,” dice Mora. “Era más relajado en esa época.”

Latinoelajado no es un término que muchos inmigrantes indocumentados usarían para describir su situación actual. La administración Obama deportó un récord de 1.5 millones de personas durante su primer mandato, y a nivel local una cantidad de estados han sancionado leyes más duras en vistas de que los inmigrantes no autorizados empaquen sus cosas y se vayan. Esa tendencia comenzó en 2010 con la controvertida ley SB1070 de Arizona, que le permitía a la policía verificar la condición de inmigrante entre la gente que sospechaban se encontraba ilegalmente en el país. Georgia sancionó una ley similar al año siguiente, la que también castigaba a los trabajadores que conseguían trabajos por medio de documentos de identidad falsos — como Mora — con hasta 15 años de prisión y US$ 250.000.- en multas. Las autoridades de Alabama fueron un poco más lejos, incluyendo una disposición, que posteriormente fue declarada inconstitucional, que obligaba a las escuelas a recopilar información sobre inmigración entre los estudiantes.

El lenguaje utilizado podía tornarse desagradable. Un promotor de la ley en Alabama dijo que era hora de “vaciar el cargador y hacer lo que debía hacerse”. Otro político de Alabama dijo que haría cualquier cosa, “hasta dispararles” a los inmigrantes indocumentados.

Como ilustra la enardecida retórica, la cuestión de la inmigración cala hondo en muchos norteamericanos, y la gente de ambos lados puede llegar a conclusiones muy diferentes acerca de un tipo como Mora. Los que apoyan las medidas más duras dirán que cruzó la frontera ilegalmente, obtuvo un trabajo que podría haber sido para un ciudadano norteamericano, y que no pagó impuestos por muchos años. Otros argumentarán que Mora es un hombre dedicado a su familia que cumple con una tarea para la que falta mano de obra - ¿quién quiere trabajar bajo temperaturas que exceden los 43 grados? — y que efectivamente se le dedujeron impuestos en su recibo de sueldo. También pagó por compras, bienes e impuestos a las ganancias y ayudó a subsidiar la Seguridad Social. (Los inmigrantes indocumentados que usan números falsos aportan a un sistema del que nunca recibirán nada.) Hay una gran cantidad de estudios, que ambos sectores pueden señalar, que han demostrado que los inmigrantes indocumentados tienen un efecto levemente positivo o negativo sobre los sueldos y los trabajos.

Sin embargo, más recientemente, un número cada vez mayor de norteamericanos se ha volcado a apoyar la legalización de los 11 millones de inmigrantes no autorizados que se encuentran en el país.

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EN una encuesta realizada esta primavera por el Pew Research Center, que preguntaba cómo tratar con la gente que está en el país ilegalmente, siete de cada 10 encuestados dijeron que deberían poder legalizar su situación, y solamente un 27% se oponía a ello.

La encuesta también indicó que una mayoría creía que los recién llegados refuerzan a la sociedad en vez de amenazar los valores tradicionales de los norteamericanos. Esos sentimientos podrían impulsar una reforma de las leyes inmigratorias actuales. En junio, el Senado aprobó una ley que habilitaría a los inmigrantes indocumentados a recibir la ciudadanía después de 13 años. Si fuera sancionada, la Oficina de Presupuesto del Congreso, que es un órgano independiente, calcula que la ley ahorraría US$ 175 mil millones durante la primera década, en parte debido a los impuestos adicionales pagados por los inmigrantes recientemente legalizados, y aumentaría el PBI en un 3.3%. Pero la medida enfrenta una dura resistencia en la Cámara, donde una cantidad de miembros conservadores la han declarado “muerta al llegar”. En su lugar, planean un aumento en la seguridad fronteriza. “Hablan y hablan”, dice Mora sobre los políticos, “pero nada cambia”.

Palm Spring Mora en la Iglesia con su hija Karen y su hijo Steven.
Link to SB1070

La SB1070 fue convertida en ley por el gobernador de Arizona, Jan Brewer, en 2010. La ley otorga a la policía local la facultad de verificar el estatus migratorio de las personas que detienen; convierte en crimen que los inmigrantes indocumentados soliciten o tengan un trabajo; y penaliza a los inmigrantes que no llevan consigo sus papeles de inmigración. En 2012, la Corte Suprema dictaminó que la mayor parte del proyecto de ley era inconstitucional, pero permitió la provisión que regulaba el “muéstrame los papeles”, que otorga a la policía el derecho de verificar el estatus migratorio de las personas que detienen.

Link to PEW study

Una encuesta realizada por el Pew Research Center en la primavera de 2013 demostró que el 71% de los estadounidenses cree que los inmigrantes indocumentados deberían ser autorizados a permanecer en el país si cumplen con ciertos requisitos. Dentro de éste grupo, los que están a favor de que los inmigrantes puedan quedarse, el 43% cree que se debe permitir que se conviertan en ciudadanos, y el 24% cree que deberían convertirse en residentes legales. La encuesta puso de relieve el sentimiento cálido que el americano tiene hacia los inmigrantes, cuando sólo el 41% de los encuestados dijo que pensaba que los inmigrantes eran una carga para el país, cifra que se encuentra muy por debajo del 50 % registrado en una encuesta de 2010.

Latinoi Mora representa a una corriente inmigratoria tradicional — de México a California —, entonces Oscar (no es su verdadero nombre) es parte de la segunda ola, la que se ha dirigido cada vez más hacia el Sur de los Estados Unidos.. El día está muy nublado cuando nos encontramos en una cancha pública en un suburbio de Atlanta, y Oscar, con 70 años de edad, pasa gran parte de su turno bombeando agua fuera de los bunkers, resultado de una tormenta reciente. Oscar, que se parece a un Tom Selleck de más edad, al principio duda en hablar y accede a tener una entrevista solamente después de que le haya asegurado que no soy un agente de inmigración encubierto. (También estoy de acuerdo en cambiar su nombre y en no identificar su lugar de trabajo.)

Oscar proviene del estado mexicano de Tamaulipas y siguió a su hijo hasta Georgia en la década del ’90. Antes de viajar, Oscar había estado trabajando en un rancho, luchando para mantener a su esposa mientras ganaba 200 pesos por semana, o lo que entonces eran unos US$ 70.—. Después de mudarse a un cuarto en la casa de su hijo en Marietta, una ciudad que se encuentra a 20 millas al Norte de Atlanta, se puso en contacto con un amigo de su pueblo natal. “Me dijo que estaba trabajando en algo que se llamaba campo de golf,” dice Oscar, quien nunca antes había oído hablar de este deporte. Pero se coló entre los trabajadores una mañana, y cuando éstos comenzaron a sacar las malezas, Oscar extrajo su cortaplumas y arrancó unas cuantas. El superintendente se acercó, se dio cuenta de la cara nueva, y le dijo que se presentara al día siguiente. La paga era modesta — US$ 5 la hora —, pero ganaría más en dos días de lo que ganaba en México en una semana.

Oscar aprendió el trabajo rápidamente y se entusiasmó con el juego, de más joven lo jugó semanalmente. “Al principio mis palos eran todos de una marca diferente, y pensaba que cuanto más grande era el número, más lejos llegaría la pelota,” dice entre risas. Como Mora, se toma el trabajo seriamente. “Quiero todo perfecto”, dice fijando la mirada para asegurarse de que entiendo la importancia de una cancha perfecta.
‘Si cometo un error, no necesito que el jefe venga y me lo diga. Ya me siento terrible.’
Oscar también puede ser duro con los demás. Una mañana en la cancha, alguien felicita a su compañero que está cortando el pasto de un green. Oscar hace una pausa, dejando de soplar las hojas, y echa una larga mirada. “Está bien,” dice. “Pero tienes que mirar mejor. A veces corta las líneas en forma de bananas.

Oscar ha trabajado en cuatro canchas y dice que cuando llegó por primera vez la mano de obra era diversa — negros, blancos, latinos —, pero ahora son todos inmigrantes de origen latino. A lo largo de los años les ha enseñado el oficio a muchos jóvenes trabajadores, pero cree que muchos de ellos no han demostrado tener el compromiso suficiente. Cuando necesita podar arbustos o ramas rápidamente, se va para la cancha con un machete y se deja llevar. Una vez, después de una rara nevada, un superintendente le pidió a Oscar que podara los greens. Le obedeció a pesar de tener sus reservas y deslizó su tractor dentro del agua, con ésta llegándole hasta el pecho. “Debes estar dispuesto a hacer lo que sea necesario y a seguir todas las órdenes,” agrega.

Ahora, Oscar gana aproximadamente US$ 11 la hora y puede enviar US$ 350 cada mes para su esposa que sufre de diabetes. Sus remesas también han transformado lo que otrora fuera una pequeña choza de madera en una gran casa de cemento. “Se acerca el Día de la Madre,” dice, “así que también le enviaré algo extra para asegurarme de que pase el día agradablemente.

Pero después de una hora de buenas noticias — un trabajo que le importa, una nueva casa en México, la suma de dinero que le dedica a su esposa —, Oscar comienza a sollozar cuando se le pregunta acerca de la última vez que estuvo en su casa.

A pesar de que habla con su esposa todos los días, no la ha vuelto a ver en 20 años.

En la última fotografía que recibió se la ve enfermiza, con el rostro demacrado. Se siente atrapado, inseguro de lo que debe hacer. “Si vuelvo, ¿cómo haré para ganar el dinero que se necesita para sus cuidados?”

Para peor, hay una nueva ley estatal que les aplica mano dura a los inmigrantes indocumentados. Como consecuencia del influjo de los recién llegados la población de origen latino en Georgia ha crecido un sorprendente 784% desde 1990 —los legisladores aprobaron la HB 87 en 2011. Basada en las leyes de Arizona, esta ordenanza le otorga a la policía local el poder para verificar los documentos de inmigración de toda la gente que detienen. Ahora Oscar se siente como si estuviera en arresto domiciliario y rara vez se aventura desde su cuarto alquilado, salvo para ir a trabajar o a comprar alimentos. Su nieta, ciudadana norteamericana de nacimiento, ha notado el cambio y le pregunta por qué ya no visita a sus amigos.

‘Le digo que no quiero manejar hasta su casa y quizás ser detenido por la policía,’ dice enjuagándose los ojos con una servilleta. ‘Trato de no preocuparme... pero es imposible no preocuparse.’
Link to HB87

La ley de Georgia HB87, como la SB1070 de Arizona, autoriza a la policía local a verificar el estatus migratorio de las personas que detienen. También ordena que todas las empresas con más de 10 empleados utilicen E-Verify una base de datos federal que identifica a los trabajadores no autorizados y castiga a los trabajadores que usan identificaciones falsas para obtener trabajos con hasta 15 años de prisión y $250,000 en multas.

Latinoe regreso en Palm Springs, Mora es un hombre difícil de localizar. Puede trabajar hasta 70 horas por semana, y la línea telefónica de su hogar le ha sido cortada porque no pudo pagar la cuenta. Cuando tiene un día libre, trata de pasarlo con sus hijos. Hace no mucho tiempo, un domingo por la tarde estaba sentado en una silla de plástico en el patio del frente de su casa mirando cómo su hija Angie, de 11 años de edad, estaba andando en bicicleta.

De pronto, Angie, que había desaparecido en el cul-de-sac, aparece bajando por la calle a toda velocidad, gritando de alegría.

“¡Angie, ten cuidado!,” exclama Mora, un momento antes de que la niña se caiga sobre un costado contra el cordón de la vereda. Se pone de pie, se sacude su vestido amarillo y corre riendo hacia los brazos de su padre. Mora le acaricia la cabeza y le dice que vaya más despacio. “Nunca deja de moverse,” comenta. “Tienes que mirarla, o simplemente habrá de desaparecer calle abajo.”

Los siete hijos de Mora, todos ellos ciudadanos nacidos en los Estados Unidos, tienen entre 5 y 24 años de edad. Prácticamente cualquier conversación eventualmente vuelve al tema de su familia. “Quiero que mis hijos tengan una oportunidad,” dice al tiempo que Angie vuelve a su bicicleta. Habiendo dejado la escuela en tercer grado para llevar a cabo una vida de trabajo pesado, se imagina a sus hijos sentados en oficinas con aire acondicionado, trabajando al frente de una computadora, haciendo esa clase de trabajos que no te dejan exhausto. Asiente con la cabeza. “Eso es lo que quiero: darles una oportunidad a mis hijos.”

Palm Spring
Angie, 11, la segunda más joven de los siete hijos que tiene Mora, nació con síndrome de Down.
Palm Spring
La familia Mora (Desde la izquierda, arriba): April, María Isabel, Francisco, Steven; (Desde la izquierda, abajo): Karen, David, Angie, Ruby, Jocelyn y Baboo (el perro).
Cada niño cambia a la familia, pero Angie la cambió mucho más. Hoy una sociable adolescente de cabello largo hasta los hombros y sonrisa contagiosa, Angie nació con síndrome de Down. Durante años, Mora y su esposa eran como Oscar, mantenían sus cabezas agachadas deseando minimizar al máximo las interacciones con el gobierno. Pero entonces no tuvieron elección, porque Angie necesitaba estimulación y una terapia extensa. Pero los padres descubrieron que podrían obtener una “green card” y contrataron a un abogado quien accionó exitosamente frente a un juez de inmigración aduciendo que la deportación de los padres crearía un “daño excepcional” en la hija. En 2003, Mora y María se convirtieron en residentes legales.

Cuando se le pregunta acerca de sus esperanzas para el futuro, Mora responde: “Más tiempo con Angie.” Se imagina pasar largas horas leyéndole sus libros, enseñándole palabras nuevas, revisando los problemas de matemática. Y, por supuesto, pasar tiempo con ella, como en este momento, mirando su bicicleta por toda la calle y pidiéndole infructuosamente que vaya más despacio.

Latinoero desde la recesión, tiempo es algo que Mora no tiene. Después de más de una década en el Vintage Club pasó al Indian Wells Golf Resort. En 2007 ganaba US$ 14 la hora y supervisaba un equipo de jardinería de ocho personas. Pero eso fue antes del colapso del mercado inmobiliario y de que se contrajera la industria del golf. Mora estaba entre un grupo de trabajadores que fue despedido de Indian Wells.

Con su experiencia, pensó que sería fácil encontrar un trabajo relacionado con el golf. Pero las fuerzas estaban alineadas en su contra: cada vez había menos jugadores, la construcción de las canchas de golf se detuvo y el turismo del golf se agotó. “Me presentaba en un club y me decían:‘Oh, justo acabamos de empezar a recortar más gente,’ recuerda Mora. Se pasó dos años cobrando el seguro de desempleo. La única luz entre tanta oscuridad era que María Isabel pudo conservar su trabajo en Walmart, donde trabaja en la panadería. “Ella es la que verdaderamente aporta el dinero para la familia en este momento,” confiesa Mora.

Palm Spring
El tiempo de ocio significa, para Mora, unos 10 minutos semanales con un buen libro y una cerveza helada.

Su oportunidad se presentó a principios de 2010, justo cuando se le estaban acabando los beneficios. Un asistente social le habló de un puesto de trabajo en Mountain View. Corrió hacia allá y completó una solicitud. Considerando el estado de la economía, se siente afortunado de tener un trabajo. Pero como muchas de las víctimas de la recesión, tiene terreno para crecer. En Mountain View lo contrataron por US$ 8,50.— la hora — desde entonces su paga aumentó hasta US$ 8.84 — y sabía que necesitaría un segundo trabajo para poder vivir. Un día, mientras comía en McDonald’s, vio un aviso donde pedían gente para trabajar. Ahora, Mora con frecuencia toma una ducha en el taller de mantenimiento de Mountain View cuando acaba su turno y maneja derecho hasta McDonald’s, y no es poco común que pasen varios días hasta que pueda ver a su esposa o a sus hijos despiertos. Mora pasa unas 40 horas semanales en la cancha y otras 25 o 30 en McDonald’s. Afortunadamente, su hija April, de 24 años, vive con ellos y se ocupa de Angie y de su hermano David, de 5. “Mi papá era el que nos llevaba a todas partes,” dice April. “Íbamos a la iglesia, al parque, a la pileta. Era muy divertido y protector de sus hijas. Dice mi mamá que, ‘Si no fuera por tu padre, ustedes andarían todos por ahí.’ Ahora es diferente porque siempre está trabajando.”

De todos modos, Mora cree que las largas horas fuera de su casa le ayudan a aclarar sus prioridades. Odia perderse los grandes eventos — como la fiesta a la que no pudo concurrir para su hijo Steven de 22 años, quien se acababa de graduar en la universidad — y a veces siente que la vida le pasa de largo. Así que trata de ir más despacio cuando está en casa.

MORA PLAYS VOLLEYBALL
Mora juega al voleibol con su hija Ruby
‘El poco tiempo que te queda hace que te des cuenta de lo valioso que es,’ dice con lágrimas en los ojos. ‘Quizás sean solamente tres o cuatro horas, pero ese tiempo que estamos juntos...’ Suspira profundamente.‘ Tienes que aprovechar ese tiempo.’

Latinon martes de junio, Mora maneja un John Deere verde, podando el césped cerca del eClubhouse de Mountain View. Su rostro, normalmente tranquilo, se tensa cuando maniobra la máquina en arcos cerrados alrededor de los árboles, agachando la cabeza para evitar las ramas bajas. Son apenas las 10 de la mañana, pero el calor ya ha echado a todos de la cancha salvo por un intrépido grupo de mujeres que están decididas a terminar su vuelta. Ahora, Mora ha reemplazado su gorra Adidas por un sombrero de paja y se ha colocado una toalla mojada por encima de la cabeza.

Durante un descanso, me dice que ha estado pensando en el futuro. Uno de sus desafíos con Angie, confiesa, ha sido comunicarse con sus terapeutas y asistentes sociales. “No hablan español, y a veces no sabemos qué es lo que están tratando de decirnos. Como padre, es muy difícil no saber qué hacer.” Así que Mora ha comenzado a contemplar la idea de seguir una nueva carrera. Tomaría clases de inglés para obtener su GED, y para poder tomar cursos para conseguir un trabajo en el que acompañe a los padres inmigrantes con hijos discapacitados. “Eso sería realmente importante,” afirma.

Es un desafío, no hay duda. ¿Cuántas personas de 50 años de edad se reinventan a sí mismos — mucho menos aquellos que dejaron la escuela en tercer grado y no tienen un dominio del inglés? Admite que sería difícil, pero el hombre que fue atrapado más de una docena de veces antes de llegar a los Estados Unidos no le da mucha importancia. Todo es un desafío.

Por ahora, es simplemente su sueño privado. En la vida real Mora termina de cortar el pasto, almuerza unos tacos de pescado bajo la sombra de una palmera y pasa el resto de su turno en Mountain View desmalezando canteros de rodillas. Cuando llega a casa, Angie está adentro, viste una remera a rayas púrpura con la palabra LOVE estampada a través del pecho. Se abalanza sobre su padre con un abrazo. Pero el tiempo es corto, por supuesto. Mora toma una ducha rápida y sale rumbo a McDonald’s. Cuando llega, la entrada del “AutoMac” está congestionada y media docena de clientes esperan por sus pedidos. “¡Vamos! ¡Vamos!,” le grita un supervisor con auriculares, a nadie en particular. Mientras camina detrás de las registradoras, Mora se pone su gorra negra de McDonald’s, marca su tarjeta en el reloj, y desaparece dentro de la cocina.